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Echar la culpa

No asumir la responsabilidad por ti mismo/a, tus emociones, tus sentimientos y tus acciones asegura que sufrirás toda tu vida.

En lo que se refiere a echar la culpa, yo soy bastante experto. Echar la culpa es algo que aprendí de niño para sobrevivir en entornos tóxicos y difíciles. Aprendí que es mejor ser temido que ser querido y a nunca asumir responsabilidad; en su lugar – ¡echar la culpa a alguien!

Culpé a mis padres y a otros cuidadores abusivos por muchos problemas en mi vida. Culpaba a todos y a todo. Echar la culpa a otros se convirtió en tal hábito para mí que era invisible, aunque dedicaba horas de mi tiempo a perfeccionarlo. Por ejemplo, si alguien me llamaba la atención en cuanto a mi manera inconsiderada o dañina de comportarme, me enfurecia, me daba una rabia interna terrible. “¡Cómo se atreven!” Luego entraba en un periodo de reflexión compulsiva y “creativa” reviviendo todo; dándole vueltas y vueltas hasta que conseguía demostrarme que yo tenía razón y la otra persona estaba equivocada. Este proceso podía durar días e incluso semanas. Inconscientemente, me estaba convirtiendo en una víctima, condenándome a mí mismo a permanecer atascado, perpetuando mi infelicidad.

Mi experiencia de echar la culpa es que consume mucha energía, de hecho, cansa mucho. Me hacía sentir mal la gran parte del tiempo. Me frenaba a la hora de crecer como persona. Era aburrido/tóxico para cualquier persona cercana a mí y me llevó a la depresión.

Dicho esto, culpar estaba tan profundamente grabado en mi percepción sobre el mundo y sobre mi vida, que fue una manera de ser que yo no sabía que tenía.

Si echar la culpa fuese un lugar, sería un lugar oscuro, enfadado, tóxico y desolado.

Cambiar esta manera de ser no fue fácil y aunque me he liberado en gran medida, todavía la posibilidad de volver a caer en echar la culpa persiste.

Hay muchos aspectos de nuestras vidas sobre los que no tenemos control. Un claro ejemplo de ésto es la actual pandemia del Covid-19. De hecho, si echamos un vistazo con ojo crítico a nuestras vidas, nos damos cuenta de que cualquier tipo de control que podemos tener está más o menos limitado a nosotros mismos; lo único que verdaderamente podemos cambiar es a nosotros mismos. Incluso eso es limitado y nada fácil. Si comprendemos esto, podemos olvidarnos de culpar y centrarnos en el “cómo” – cómo mejorar las cosas.

Para algunas personas, echar la culpa lo es todo. Pero entonces, ¿Qué queda? ¿Puede solucionarse algo con ello? Olvídate de culpar y céntrate en lo que funciona; en lo que puedes arreglar y en cambiar lo que sea necesario para mejorar la situación.

Por ejemplo, cuando las cosas no vayan bien (como pasará inevitablemente en algún momento), en vez de responder con reproches y a la vez impotentes como por ejemplo, “¡Vaya suerte la mía, justo lo que me faltaba!” o “es demasiado dificil, es inútil, nunca lo resolveré”, podríamos pensar algo como, “me daré un paseo; seguro que después me sentiré mejor”, o “voy a meditar un poquito, despejar mi mente y así luego lo veré con otros ojos”.

Si algo no sale bien, es muy fácil ser “creativos” y encontrar alguna razón para culpar a otra persona. Ésto para mí era la configuración de mi piloto automático – echar la culpa. El mindfulness y la meditación me han ayudado a observar con curiosidad abierta, cariño bondadoso y más adelante hasta con sentido del humor. Ésto me ha permitido relajarme y observar y más tarde soltar mi necesidad de echar la culpa al primer indicio de un problema. Aprendí a vivir con la incertidumbre temporal de “no saber”. Ésto me facilitó una perspectiva más amplia sobre las cosas de la vida. Requiere su tiempo pero por otro lado, encontrar a otra persona a quien echar la culpa no resuelve nada.

Necesitamos un “feedback” más preciso si queremos crecer y cambiar. Culpar es todo lo contrario. Ser objetivos cuando se trata de reconocer un error es cómo mejoramos y nos desarrollamos.

Mirando el lado positivo, asumir la responsabilidad cuando las cosas no salen bien también te permite asumir la responsabilidad cuando las cosas sí, salen bien.

Finalmente, siempre volvemos a la pregunta: ¿Qué es más importante para ti, tener razón o ser feliz. Tantas veces en la vida hacemos todo por tener razón, sin darnos cuenta de que a la vez estamos tirando piedras sobre nuestro propio tejado.

 

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