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El Poder del CÓMO

Tal como he mencionado antes en otras de mis publicaciones, mi niñez estuvo llena de trauma, abuso y abandono.

En la psicología de la resiliencia se emplea un indicador llamado ACE – Adverse Childhood Experiences (Experiencias Adversas Infantiles). La puntuación ACE mide el número de traumas que experimentaste durante tu niñez que involucraban abuso, abandono, trauma, etc. Según el estudio ACE, cuánto más se elevada tu puntuación, tanto más elevado es tu riesgo a tener problemas de salud, adicción, otros problemas sociales, emocionales y/o cognitivos en el futuro. A largo plazo las experiencias adversas infantiles constituyen un determinante importante en cuanto a tu salud y bienestar social.

A medida que tu puntuación ACE aumenta, también aumenta el riesgo a desarrollar enfermedades y problemas sociales y emocionales. A partir de una puntuación de 4, la situación ya se está poniendo seria. La probabilidad de contraer enfermedad crónica pulmonar aumenta en un 390 por cien; hepatitis – 240 por cien; la depresión – 460 por cien; tentativa de suicidio – 1220 por cien.

Mi puntuación fue de un 12, deprimente. Mi vida, entre salir de casa con 16 años y 28 años, fue lo que se esperaría de una persona con mi puntuación ACE. Cuando tenía 16 años me libre por los pelos de acabar en la cárcel. Luego empleaba muchos diferentes tipos de droga incluyendo el alcohol. Fui incapaz de sostener ningún tipo de relación feliz con sentido. Fui un joven terriblemente y crónicamente atormentado.

Una de las preguntas que parecían ser relevantes en aquel momento y que no paraba de preguntarme fue: “¿Por qué?” ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué mi Padre abusaba de mí como lo hacía? ¿Por qué nuestra Madre nos abandonó a todos durante todos esos años (en dos ocasiones)? ¿Por qué no fui querido? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué mi vida es así? Estas preguntas me devoraban. Un aspecto triste del abuso sexual es que la víctima, aunque sólo sea un niño, se siente responsible de alguna manera – un sentimiento que puede ser muy difícil de soltar.

Un día, después de años de agonizar sobre estas preguntas, se me ocurrió la profunda respuesta: “Shit happens! (¡Es lo que toca!).”

Me dí cuenta y acepté que nunca entendería verdaderamente el porqué. También me dí cuenta de que el maltrato que había recibido fue impersonal en gran medida. No fui tratado tal como fui tratado por alguna característica intrínseca en mí; fue simplemente la mala suerte de pasar mi niñez al cuidado de personas que fueron narcistas, violentas y abusivas, normalmente porque ellas a su vez habían sufrido violencia y abuso en su niñez. Me dí cuenta de que si no me hubiera pasado a mí, hubiera sido otra persona con la suficiente mala suerte de encontrarse en el poder de estas personas. No fue personal.

Una vez dejé de hacerme esa pregunta tan fútil mi atención se trasladó al Cómo. ¿Cómo puedo cambiar esto? ¿Cómo puedo superar estas dificultades? ¿Cómo encuentro ecuanimidad? ¿Cómo dejo de estar tan enfadado? ¿Cómo encuentro sentido en mi vida? ¿Cómo encuentro amor y hacer que funcionen mis relaciones? ¿Cómo puedo quererme y aceptarme a mí mismo? ¿Cómo puedo controlar mis emociones? ¿Cómo puedo convertirme el la mejor persona que puedo ser?

Sin darme cuenta exactamente, cuando empecé a cambiar la pregunta, cambié mi vida. Mi actitud pasó de ser una actitud de víctima a ser de héroe.

Previamente me enfocaba en culpar a otros: siempre echaba la culpa de mi infelicidad al comportamiento de otras personas. No fue “justo”; si tan sólo hubiera tenido unos padres diferentes, etc. Esto fue una pérdida espectacular de mi tiempo. Me dejó atascado durante años, dando vueltas y vueltas en sufrimiento.

Hacer la pregunta “¿Cómo?” significó que empecé a asumir la responsabilidad de mi situación; me dí cuenta de que yo era la única persona que podía hacer algo al respecto. Mi vida, mis emociones, mis sentimientos son mi responsabilidad. La vida fue dura − ¡¿y qué? nunca puedo cambiar mi pasado! Mi enfoque pasó de echar la culpa a los demás a intentar entenderles. También de dar igual de importancia al proceso de llegar a un objetivo que el objetivo en sí. Una parte clave de este proceso fue aprender a mostrar cariño hacia mí mismo.

Empecé un viaje que continua hasta hoy. Uno de los aspectos más satisfactorios es poder compartir con otras personas lo que he aprendido de grandes maestros en diferentes tradiciones, y lo que he aprendido de mi lectura voraz y mi propia experiencia para empoderarles a aliviar su sufrimiento.

Piensa en ello de la siguiente manera: en una partida de póker, si te reparten malas cartas, lo ves simplemente como mala suerte; es impersonal. Lo peor que podrías hacer es quejarte de tus cartas. He encontrado que incluso con cartas de mierda, si te centras en jugar tus cartas de la mejor manera que puedas, todavía tienes la posibilidad de ganar.

Una vez acepté las cartas que el universo me repartió (en vez de quejarme) y empecé a centrarme en cómo jugar mis cartas mejor, entonces las cosas empezaron a cambiar. He aprendido a perdonar, querer y ser querido. La compasión por mí mismó reemplazó a la vergüenza. El perdón reemplazó a la ira y a la venganza. El agradecimiento reemplazó a quejarme. La aceptación reemplazó a la crítica severa de demandas irrazonables por la perfección.

Todo esto sigue como “trabajo en elaboración”. Tengo muchos defectos que trato con cariño hacia mí mismo. (Loving kindness). Forman parte de mí; los integro, no los rechazo. Sé que moriré sin haber terminado este trabajo y me siento relajado por ello.

En las palabras de Thich Nhat Hanh:

No hay camino hacia la felicidad; la felicidad es el camino. No hay camino hacia la paz; la paz es el camino. No hay camino  hacia la iluminación; la iluminación es el camino.”

Esto es el poder del ¿CÓMO?

 

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