Geoffrey Y Rhea

Gracias a mi verdadero amor

Nos encontramos en el trigésimo año de nuestra relación y 29 años de matrimonio. Ha sido todo un recorrido. Quiero compartir algunas de las cosas que he aprendido y dar las gracias a Rhea.

Cuando conocí a Rhea me había divorciado recientemente y estaba viviendo solo. Rhea vivía en la casa de enfrente con dos niñas de cuatro y dos años. Mi matrimonio anterior fue condenado desde los principios: dos personas con dolor, con cero conciencia emocional y auto-conocimiento muy limitado esperando a que el otro llenase su agujero emocional. Ya llevaba unos seis años buscando “la verdad”, la conexión, la paz y la felicidad. Ya me había “despertado” pero aún me encontraba muy en los principios de me viaje hacia el auto-descubrimiento, auto-conocimiento y auto-aceptación. (Sigo en medio de ese viaje. Incluso si me muero con noventa años, seguiré en pleno medio de mi viaje.) Es como muchas cosas:

Cuánto más sabes, tanto más sabes que no sabes prácticamente nada.

Durante un año y medio me había dejado libre de enredos sentimentales. De hecho, había vivido en celibato durante este período. Elegí vivir en celibato para liberarme de la distracción del sexo, para obtener algo de claridad. Es algo que recomiendo a cualquier persona que busca claridad. El resultado inesperado fue que por primera vez en mi vida tenía amigas mujeres en vez de conquistas o conquistas potenciales de mujeres. No era un hombre ejemplar.

Cuando conocí a Rhea ya había avanzado algunos pasos notables pero no había cambiado, ni crecido personalmente tanto como lo imaginaba – ni con mucho. Mi vida estaba bien organizada: tenía un buen puesto de trabajo, coche chulo, una casa grande, vacaciones exóticas, me vestía bien y  hacía mucho deporte. En otras palabras, tenía todos los adornos del éxito. Pero me daba cuenta de que, a pesar de esto, muchas veces fui impulsado por el vacío.

Una cosa que tenía clara era que estar con Rhea era una elección y no una necesidad. (Está claro que no necesitaba adquirir dos niñas pequeñas.) Mi decisión clara en cuanto a mi relación con Rhea fue que mi amor por ella significaba que siempre velaría por su felicidad, incluso si no me incluiría a mí.

He aprendido tanto a lo largo de los últimos treinta años. Rhea me ha enseñado la constancia, lo que significa querer; lo que significa la bondad, la paciencia. Juntos hemos compartido todo tipo de momentos imaginables; hemos crecido individualmente como personas; también hemos ido intimando, estamos más cerca el uno del otro. Somos cada uno el mejor animador del otro. La fundación de nuestra relación yace en una confianza profunda en el otro. Esta confianza se extiende a todos los aspectos de nuestras vidas. (¡¡Con la excepción del chocolate!!)

Hasta que conocí a Rhea no sabía lo que significaba querer a alguien verdaderamente ni tampoco ser querido. Vale, había experimentado muchas veces enamorarme… esa aberración hormonal deliciosa que asegura la supervivencia de la especie pero no había encontrado ni entendido el verdadero esfuerzo de querer, apreciar; tener constancia, compartir con alguien el viaje de mi vida dure lo que dure. Su constancia y compasión significaban que incluso cuando los demonios de mi pasado levantaban sus feas cabezas, inseguras y enfadadas fueron tratados con comprensión y amor (en vez de con drama) – algo que me costó entender en los principios.

El verdadero amor se encuentra no sólo en las grandes decisiones – matrimonio, hijos, etc, sino mayoritariamente en las pequeñeces de la vida cotidiana: escuchar, la bondad, la consideración, consolar, el perdón, el cariño y por supuesto el sexo (algo que sólo mejora a lo largo de los años).

Cuando tenía 18 años decía y creía que era mejor que me teman que me quieran. Como nunca había experimentado el amor, me conformé con inculcar el miedo – algo que había experimentado mucho. Cuando pienso hacia atrás, en aquella declaración que hacía en público y con gran convicción, mi corazón se llena de compasión por aquel joven tan consumido de dolor y tan solo en el mundo que tenía que generar conscientemente el entusiasmo para seguir viviendo.

Obviamente me he esforzado mucho para superar y cambiar la herencia dañina de mi niñez pero mi mayor apoyo ha sido mi profesora Rhea. Siempre me ha enseñado con el ejemplo. No sé cómo me aguantó durante aquellos primeros años pero le estoy y le estaré siempre agradecido.

Solía pensar que estar casado durante mucho tiempo con la misma persona sería aburrido. Así, que tal vez la mayor sorpresa ha sido que todavía me encuentro enamorándome de Rhea, atraído hacia ella de muchas diferentes maneras.

Vivo una vida que no hubiera imaginado en mis mejores sueños. Soy verdadera y profundamente afortunado. Así que terminaré por decir con todo mi corazón, Gracias Rhea. Te quiero y sé que me quieres a mí.

Existe un comentario

  1. Que bonito, y lo comparto. También Santi y yo cumpliremos 30 años de matrimonio en breve. Me encanta que puedas describir mucho de lo que siento y que a mi me cuesta expresar. Por cierto, felicidades a los dos. Un abrazo.

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