Ishtar Y El Pajarito

Ishtar y el pajarito

Ishtar, mi hija más pequeña ya tiene 22 años ahora.  Un día de invierno de bastante frío en Cantabria, cuando mi hija tenía ocho años, me acompañó mientras paseaba por nuestra finca con un arquitecto. Durante mi conversación con el arquitecto, se entretuvo jugando con palos, insectos, chapoteando en charcos y explorando. Ella interrumpió nuestra conversación para tenderme un pajarito, un gorrión prácticamente sin vida. Yacía frío y débil en sus manos, su cabeza colgando de un lado. Estaba claramente triste y me lo había traído con la esperanza de que “Daddy” supiera qué hacer. En aquel momento estaba seguro de que estaba muerto o tan cerca de la muerte que daba lo mismo pero sentí que tenía que hacer algo tanto para mi hija como para el pajarito.

Sabiendo lo sensible que son los animales pequeños al frío, pensé que no sería de más intentar calentarlo simplemente guardándolo cuidadosamente en mi mano durante un tiempo. No se me ocurrió nada más útil. Dimos una vuelta por la finca durante una hora. De vez en cuando estuve ligeramente consiente de la sensación del pajarito, plumoso, sin movimiento en mi mano. Sin embargo, la mayor parte de mi atención estaba en mi conversación con el arquitecto.

Finalmente acompañamos al arquitecto al pueblo y nos despedimos de él.  Es cuando me volví consciente de mi hija que estaba de pie a mi lado mirando fijamente a mi mano cerrada y me dí cuenta de que seguía el pajarito mecido ahí. Eso me pareció – seguía en el mismo estado en el que mi hija lo había encontrado… sin vida.  En mi mente ya estaba ensayando cómo iba a tratar este tema; estaba buscando una manera sensible y sabia de cómo hablar sobre la realidad de la muerte, una manera que sería apropiada para el intelecto brillante y curioso de esta niña de 8 años pero sin alterarle demasiado.

Los dos nos pusimos de rodillas para colocar el pájaro en un sitio que imaginamos sería su última morada.  Empecé mi pequeño diálogo “momento de enseñanza” sobre la muerte a medida que abría mis manos cuidadosamente y posaba el pájaro suavemente en la tierra. Ahí se quedó sin movimiento durante un par de segundos y luego se puso erguido de un salto, sacudió su cabeza un par de veces, nos miró más listo que el hambre y se fue volando.

Los dos simplemente nos quedamos ahí de pie con nuestras bocas abiertas, asombrados. Sentimos como si hubiéramos presenciado un milagro.

Hubo verdadera magia en aquel momento, un momento que había empezado con la compasión de mi hija por el sufrimiento de un pequeño pajarito. Ayudó de la mejor manera que conocía – “Daddy”. Luego guardé el pajarito en mi mano (tanto para mi hija como para el pajarito); lo guardaba con intención no con fuerza – demasiado apretado y el pajarito hubiera sido aplastado, demasiado flojo –  hubiera podido caerse.

Hicimos esto pero sin tener verdaderas expectativas de tener éxito. Lo que experimentamos a cambio fue maravilloso, más allá de lo que esperábamos. La magia de aquel momento ha quedado con los dos hasta hoy.

El control es una ilusión engañosa  y nuestra necesidad por ello causa sufrimiento. La vida nos regala experiencias, muchas veces inesperadas pero aun así encantadoras y a veces aparentemente milagrosas. Si podríamos simplemente practicar el vivir juzgando menos y aceptando más; “haciendo” menos y “estando” más; esforzándonos menos y con más intención. Tanto Ishtar como yo queríamos que el pájaro siguiera con vida, pero también reconocimos que fue un regalo que estaba fuera de nuestro poder. Así que con intención y un toque de intuición, creamos las mejores condiciones y seguíamos con nuestras vidas, sin estar pegado con el resultado. El universo nos regaló (al pájaro también) una experiencia mucho más allá de lo que esperábamos. Nuestra actitud fue muy parecida a la del buen hortelano; no podemos obligar que algo ocurra en la huerta (gritando o criticando a los tomates, pepinos, etc… no funciona); no podemos obligar a que las plantas ni la vida hagan algo a nuestro gusto, porque la vida, el universo, tiene sus propios procesos. Nuestro papel consiste simplemente en crear las condiciones correctas en la “huerta” de nuestra propia mente y cuerpo de manera de que los “frutos” y  “hortalizas” que nos nutren prosperen.

Autor: Geoffrey Molloy

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