Perro

NO ERES TUS PENSAMIENTOS

Nuestra mente racional nunca deja de pensar. Esto es lo que en realidad hace: piensa. La mente racional es una herramienta maravillosamente útil – un sirviente para que nuestras vidas sean más felices y sanas. Desafortunadamente para muchos, la mente racional se experimenta o se conoce más como la voz que juzga y critica constantemente, proyectando el futuro y reviviendo el pasado. No importa lo que estás haciendo ni cómo lo estás haciendo, la voz es la que “mejor lo sabe”; siempre sabe lo que “tenías que haber hecho” o lo que “hubieras podido haber hecho”. Puede actuar como un tirano con su constante monólogo sobre lo que “tenía, debería o hubiera tenido que haber hecho”. Critica constantemente sin piedad, sin compasión comparando quiénes somos o lo que somos con un imaginario quien o lo que deberíamos de ser. Es la causa de mucho sufrimiento en nuestras vidas.

Déjame explicarlo de otra manera: nos volvemos esclavos a las exigencias de nuestra mente racional. Pero te hago una pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste “¿De dónde vinieron estas ideas sobre quién debería ser yo y cómo de reales son?”? El problema es que hemos vivido tanto tiempo así que creemos que estas ideas son reales, es decir, son “normales”. Sabemos que puede que no seamos felices, pero al menos conocemos nuestras vidas, sabemos lo que hacemos y nos sentimos “cómodos” así. Pero estar “cómodo” es diferente a ser feliz.

Lo que es fácil de olvidar es que todas estas creencias sobre quiénes somos, quiénes deberíamos de ser no son más que pensamientos; no son reales. Los pensamientos no son más que eventos mentales pasajeros. Aunque estas creencias pueden parecer muy persistentes, esto no cambia el hecho de que no son reales; que no son más que pensamientos.

Nos olvidamos de que no somos nuestros pensamientos; no somos nuestras emociones; son parte de nosotros. Somos mucho más que nuestros pensamientos o emociones. El sufrimiento surge cuando confundimos nuestros pensamientos sobre cosas con las cosas en sí mismas. Por ejemplo, cuando oigo ladrar a un perro, nunca me confundo con ese sonido; nunca creo que por oír ladrar a un perro yo podría ser un perro. Cuando el objeto de nuestros pensamientos es externo (como por ejemplo con el perro), es fácil no confundirnos pero cuando son sobre tales cosas como lo que valemos, o sobre quiénes somos, encontramos mucho más fácil confundir nuestros pensamientos con la realidad.

Por ver nuestros pensamientos como si fuesen reales, reaccionamos a ellos cómo pensamientos sobre nuestros pensamientos, con emociones sobre nuestras emociones. Las emociones crean más pensamientos, lo que crea aún más emociones, resultando en ansiedad.

Si algo de esto te suena, no te preocupes; no estás solo. La próxima vez que te des cuenta en que tus pensamientos y emociones te están arrastrando, no intentes pararlos; simplemente fíjate en tu postura y adopta una postura solemne y digna – relajada pero digna. Observa las sensaciones en tu cuerpo; no intentes cambiar nada; simplemente fíjate. Ahora trae tu atención plenamente a tu respiración, a las sensaciones de como el aire/tu aliento entra y sale de tu cuerpo. Observa la manera en la que tu diafragma se mueve, el flujo de aire a medida que pasa a través de los orificios de tu nariz o de la boca. Fíjate en tus pies sobre el suelo, en la sensación que produce la presión de la silla en tu espalda o trasero. Verdaderamente fíjate en las sensaciones, lo que ves, los ruidos, los olores, las sensaciones táctiles.

Cuando hacemos estos bajamos el volumen de nuestros pensamientos y subimos el volumen de nuestro contacto con el momento presente, con la realidad.

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