Pequeño Profe

Nuestro pequeño gran profe

La primavera siempre es una época maravillosa − también en nuestra finca y en el monte a nuestro alrededor. Hay tanta vida. Aparte del nuevo follaje de un verdor esmeralda intenso, hay infinidad de flores. Se escucha el zumbido de las abejas mientras recogen polén y nectar. Hay también muchos tipos de mariposas; lagartos pequeños moteados y otros gordos grandes de verde fosforescente. Las ranas con su canto “bup, bup, bup” proporcionan un coro de fondo encantadador aunque un poquito surrealista a nuestras tardes. Los murciélagos revolotean silenciosamente a nuestro alrededor al atardecer mientras se dan un banquete de insectos. Se ven telas de araña centelleantes enjoyadas con el rocío. Se escucha la llamada alta inconfundible de los cucus. Podemos observar a las aves de presa en constante caza para poder dar de comer a sus hijos. También se escuchan palomas, buhos, pájaros carpinteros y cuervos, cada uno fácilmente reconocible por su canto único. Luego se pueden ver las elegantes garzas grises y buitres enormes. Todo esto hace que mis paseos por la mañana sean todos parecidos y diferentes a la vez. Siempre hay un sentido de anticipo en cuanto a lo que podríamos ver hoy – puede que un venado, o un ternero o potro recién nacidos.

Así que hace poco hemos podido observar encantados como una pareja de pájaritos ha decidido construir su nido en el alero de nuestro balcón. Hemos observado cada paso de este trabajo laborioso, cómo han recogido musgo, ramitas, las mudas de nuestros loberos para construir un perfecto nido pequeñito. Pasados unos días de repente aparecieron en la entrada del nido unos cuatro pollitos piando, sus bocas hambrientas y abiertas mientras sus padres buscaban comida. Aunque muchas veces nos encontrábamos a la escasa distancia de uno o dos metros, parecían haber decidido que no suponíamos ninguna amenaza y seguían con sus vidas.

 

La semana pasada llegó el gran día para los pollitos; tocó aprender a volar. Observábamos encantados y nerviosos cuando un pollito en particular intentaba mantenerse en equilibrio en el balcón, preparado para lanzarse al vacío. Se saltó torpemente al aire. La respiración contenida, seguíamos su descenso hasta que aleteó acabando dentro de un cubo de agua. Forcejeaba, claramente en pánico, incapaz de salir del cubo. Estaba a punto de ahogarse cuando Kiira, mi hija bajó corriendo y lo salvó. Sosteniéndolo cuidadosamente en sus manos ahuecadas lo subió al balcón dejándole en el sol para que pudiese secar las plumas. Se dirigió al borde del balcón y teníamos la impresión que se caería; nos preocupaba que por tener las plumas tan mojadas no sería capaz de volar. Recogí esta vida pequeñita que temblaba y lo sostuve en mis manos calientes.  Al cabo de un par de minutos, claramente revigorizado, subió mis brazos corriendo hasta mi gorro. Ahí decidió quedarse e hizo lo que todos hemos hecho: la cara enfocada hacia el sol, los ojos cerrados, simplemente disfrutando del calorcito vivificante del sol. Estaba perfectamente en el momento presente. Sentí una conexión, un vínculo a medida que los dos compartíamos el calorcito suave del sol.

Se volvió nuestro pequeño profe, enseñando a través de su ejemplo sobre cómo pasar página y simplemente seguir con lo que está aquí y ahora.  El pasado se ha ido y no se puede cambiar. El futuro todavía no existe; simplemente la belleza gozosa del momento presente, bajo el cielo azul infinito. La vida, aquí y ahora es un milagro – un regalo.

 

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