Inferno De La Ira

Pensamientos de la víctima de un secuestro

Estaba feliz mientras yo tenía razón. Luego ella se empeñó en estropearlo; me contestó, me contradijo y esto me ofendió. Importaba poco que ella no tendría la intención de ofenderme, ni siquiera hablaba a decir verdad. Demasiado tarde; incluso antes de que yo tuviera tiempo de absorber completamente lo que había dicho, antes de que me diese cuenta de ello, ya había sido emboscado y secuestrado por la ira. La ira me había transportado a un sitio muy lejos del momento presente, a un sitio que he llegado a conocer como “infierno de la ira”, un sitio abrumadoramente solo, paranoico y aislado donde cada injusticia, delito o error se draga para ser revivido a través del prisma puntiagudo, negro y asfixiante de la ira. En este sitio todo atiza mi rabia. La ira es el infierno. Nada es bueno. Todo me irrita: la comida, el ruido que hacen las personas a mi alrededor cuando comen, respiran; el tiempo, el tráfico – todo. No hay nada de amor, de conexión – simplemente dolor, aislamiento – soy víctima.

Las cosas cambiaron cuando elegí intentar ver más allá de mi ira. Consideraba que mi ira fue una manera equivocada de “protegerme” a mí mismo. Mi ira fue una manera de evitar sentimientos que ni siquiera sabía que estaba intentando evitar. Intenté obligarme a mí mismo a dejar de enfadarme pero cuando inevitablemente me enfadaba de todas formas, encontraba que me enfadaba por enfadarme. ¡Absurdo! Sólo avancé cuando dejé de “forzar” que las cosas fuesen tal como creía que “deberían” de ser y en vez de esto simplemente me observaba a mí mismo lo mejor posible, sin juzgar; simplemente con curiosidad abierta y un sentido de bondad hacia mí. Quise entender en vez de juzgar.

La experiencia fue algo parecido al buceo en el mar; las cosas parecen iguales pero a medida que desciendes te fijas en los cambios repentinos; las zonas frías, luego las zonas más cálidas y te das cuenta de que hay capas muy diferenciadas de agua con diferentes temperaturas.

Mis sentimientos estaban similarmente en capas: arriba del todo la ira que se manifestaba como una necesidad neurótica de tener razón, lo que a su vez fue una respuesta a una ansiedad constante que se manifestaba como una necesidad de ser híper-vigilante, lo que a su vez tuvo sus raíces en una capa de vergüenza tóxica que a su vez fue el resultado de la humillación, el abuso y abandono que recibí repetidamente a lo largo de mi niñez. Así que, ¡vaya, es lo hay!

El horror de haber sido secuestrado se hizo claro, cuando finalmente conseguí escaparme del infierno de la ira, a veces horas, días o semanas más tarde y vuelvo a mi verdadera casa – el cielo azul infinito, el momento presente – pero el daño ya se ha hecho y tristemente las personas más cercanas son a quienes he hecho más daño – confianza dañada, el temor, el dolor, las lágrimas.

Mi secuestrador sigue en mi vida pero ya sé cómo es, le conozco; tardo mucho menos en reconocerle cuando está merodeando por ahí en las sombras o cuando surge da igual su disfraz sea ira, miedo, ansiedad, celos o remordimiento. Normalmente lo siento en mi cuerpo antes de que esté conscientemente consciente de ello en mi mente. Cuando veo la ira en vez de ser la ira  entonces veo que esta ira no soy yo, no es quien soy, sino simplemente un estado mental/corporal, entonces sé que, igual que el tiempo, cambiará dentro de poco. Esta manera de verlo me libera del abismo oscuro de la ira. Una vez que la he reconocido, la suelto ya que sin mi participación no puede existir. Me he vuelto un cumplido maestro de la fuga. Cuando elijo estar plenamente presente con mi ira, estudiarlo y conocerlo, esto significa que conozco los trucos de mi secuestrador y de esta manera en aquellas pocas ocasiones en las que se sale con la suya, no puede mantenerme secuestrado durante mucho tiempo en absoluto.

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