Geoffrey Molloy

Reflexiones desde mis sesenta y dos años

La vida: una montaña rusa con sus altibajos, miedo y alegría, felicidad y tragedia, amor y pérdida.

La juventud se desperdicia en los jóvenes” – una cita que ha sido atribuida a Oscar Wilde y a George Bernard Shaw. Para mí el aforismo combina sabiduría y nostalgia y una pizca de envidia.

Hace cincuenta años me parecía que las personas mayores de sesenta eran “viejos”, jubilados y esperando a morirse. La atención sanitaria moderna y mayor expectativa de vida significan que las cosas han cambiado; tenemos un tercer capítulo en nuestras vidas, que merece la pena vivir. Si tienes más de sesenta años y te encuentras con buena salud, aprovecha este hecho. Cuídate; en vez de “quedarnos mirando”, conformándonos y asentándonos en el papel tradicional preparado para nosotros por la sociedad y nuestros hijos, podemos coger el toro por los cuernos y aprovechar nuestras vidas al máximo. ¿Qué es lo que siempre has querido hacer y no has tenido tiempo para hacerlo − bucear, tirarte en paracaídas, pintar, estudiar? ¡Simplemente hazlo!

Encuentra el tiempo para hacer aquellas cosas que siempre has querido hacer. No tengas vergüenza en decir lo que quieres: reavivar amistades, incluso antiguos amantes (si es apropiado). Tienes muy poco que perder. En tantos estudios sobre reflexiones al final de la vida, los mayores arrepentimientos son siempre por las cosas no realizadas, la cosas que no se han dicho y el amor no correspondido; preocupándonos demasiado por lo que otras personas podrían pensar, enfocados en tener seguridad en vez de tener experiencias. Perdemos tanto de nuestras vidas cuando damos más importancia a sentirnos cómodos (esto incluye la aprobación de otras personas) que a la experiencia y la felicidad.

Nuestros hijos son una fuente de gran alegría y sufrimiento. También es importante soltar – dentro de lo que se pueda – la responsabilidad de nuestros hijos. Puedes disfrutar de su compañía, compartir conversaciones, aprender sobre su mundo pero no puedes compartir su mundo. Pertenecen a un mundo del cual nunca podrás ser parte… es probable que tampoco quieras serlo. Es simplemente un hecho.

Los nietos y niños pequeños son una bendición. Traen curiosidad, energía y una luz luminosa a nuestras vidas.  Interactúa con ellos todo lo posible. Existe una conexión especial entre los que están en la primavera y los que están en el otoño de sus vidas. Los nietos también pueden traernos una especie de redención ya que nos relacionamos con ellos de una manera como la que no pudimos con nuestros hijos por falta de tiempo o sabiduría.

 A ojos de nuestros hijos, somos “personas mayores, algo desfasados y fuera de contacto con el “mundo real” tal como lo ven. Seguimos sirviendo como una fuente de apoyo económico, techo en momentos difíciles, consejos cuando se necesitan, pero esencialmente somos irrelevantes para su futuro. Para que la mayoría de los hijos vean a sus padres como más que criaturas bidimensionales conocidas como “mamá” y “papá”, es difícil, incluso imposible. Es así y siempre ha sido así.  De poco sirve preocuparnos por ello.

No caigas en la trampa de verte tal como la sociedad u otros te pintan. Todos marcamos una diferencia. El mundo es diferente porque tú estás en él. Puede que creas que has cometido demasiados errores o que te hayas comportado demasiado mal. Eso es el pasado, una historia que no puedes cambiar. No hay momento como el presente, de hecho el único momento que tenemos es el presente, así que empléalo. ¡Simplemente hazlo!

Recuerda que tú sí, marcas la diferencia.

 

 

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