Cambio

¿Tenemos libre voluntad? ¿Podemos cambiar?

“Pueder hacer lo que deseas pero no eliges lo que deseas”.

He pasado el fin de semana absorto en el trabajo de Robert Sapolsky, neuroendocrinólogo, primatólogo y biólogo – específicamente en su libro Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst.

Por mucho que nos gustaría pensar en nosotros como seres racionales y que nuestras acciones estén basadas en la elección y la libre voluntad, Sapolsky discute de una manera bastante convincente que, entre todos los factores neuroquímicos, hormonales, evolutivos, el pensamiento racional y la libre voluntad cuentan mucho menos de lo que nos gustaría imaginar, cuentan poco o nada. Según Sapolsky la pregunta clave para entender nuestro comportamiento es, “¿Qué estímulos activan al sistema nervioso para que produjese este comportamiento? Discute − y en base de pruebas científicas sólidas − que cada acción humana está causada ineludiblemente por eventos previos en el mundo, incluyendo eventos en el cerebro y que por tanto no puede existir algo como libre voluntad. O si existe esta mucho más limitada de lo que imaginamos.

El punto de vista de Sapolsky encaja bastante bien con la perspectiva budista, según la cual la naturaleza fundamental de la realidad es de cambio y dinamismo constantes y  que los fenómenos que consideramos  como cosas físicas permanentes, no son más que “capturas instantáneas” de procesos en diferentes etapas. Todo está conectado y cualquier fenómeno depende de todas las otras condiciones y fenómenos. Esto incluye a quienes somos y nuestro propio comportamiento.

Observa tu propia vida. Creemos que actuamos conscientemente y de libre voluntad, pero no tienes que observar demasiado detenidamente para entender cómo esta idea contrasta notablemente con tu propia experiencia: la mayor parte del tiempo ni siquiera estamos presentes en nuestras propias vidas; reaccionamos no a las cosas (tal como son en la realidad), sino a nuestros modelos/creencias (normalmente sin cuestionarlas) sobre esas cosas. Nuestra reacción y como comportamiento subsiguiente normalmente lo llevamos a cabo en modo “piloto automático”. Así que efectivamente, la mayor parte del tiempo, percibimos algo, lo procesamos y reaccionamos igual que máquinas complicadas.

Está bien estudiado y aceptado que la mayoría de nuestros rasgos de personalidad están desarrollados antes de que cumplamos siete años de edad pero no elegidos por nosotros. No elegiste a tus padres, ni a tu familia, tus profesores, ni donde naciste, donde viviste, tus vecinos, el idioma que hablas, ni siquiera tu nacionalidad (por muy orgullos@ de ella que podrías estar; fue un accidente, no puedes atribuirte el mérito de ser de una nacionalidad o de otra.)

Esto nos podría llevar a la conclusión de que somos quienes somos y que hay poco que podemos hacer para cambiarlo.

¿O sí?

La aceptación

La paradoja del cambio: Si quieres cambiar, primero tienes que soltar la idea de que sí, puedes cambiar.

Así que deja de intentar cambiarte.

Cuando intentamos cambiarnos, al rechazar quienes somos por no ser lo suficientemente buenos o cuando nos regañamos por no ser algo que deberíamos de ser o cuando revivimos el pasado, todo lo que conseguimos es sentirnos mal sin cambiar nada.

La aceptación es la clave: la aceptación en cuanto a lo poco que realmente podemos hacer; aceptación de la profunda interdependencia de todas las cosas. Cuando respondemos a nuestras vidas desde la espaciosidad de nuestra inmutable mente “observadora”, la mente “estar” y adoptamos una actitud de curiosidad abierta, bondad hacia nosotros mismos con sentido de humor, creamos el espacio necesario para responder en vez de reaccionar en “piloto automático”.

Es un proceso para toda una vida. De esta manera abrimos una rendija de la puerta hacia el cambio.

Si meditamos y contemplamos esta realidad y practicamos una suave auto-aceptación, también abrimos la puerta hacia el asombro, el agradecimiento, a la conexión y aprecio del milagro y privilegio de estar aquí.

 

 

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