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Vivieron felices y comieron perdices

Conocí a Rhea cuando era mi vecina en Winchester en el Reino Unido. Le invité a mi fiesta de cumpleaños. Nadie estuvo más sorprendido que yo cuando nos enamoramos y tan sólo seis semanas después ya estábamos viviendo juntos y cuatro meses después, casados. También me convertí en padre de dos niñas pequeñas con algo más de tres y cinco años en aquel momento. ¡Una locura!

A pesar de este comienzo poco propicio, aquí estamos, 29 años después, viviendo en Cantabria con cinco hijos y cinco nietos. Vivimos una vida que ciertamente nunca imaginé tener el privilegio de vivir y en uno de los sitios más bonitos del mundo.

No tengo duda de que casarme con Rhea fue y siempre será un de mis mejores decisiones. Rhea es, con mucha diferencia una de las personas más bondadosas que he conocido. Podría contar sus logros como madre, abuela, cocinera, políglota, trabajadora, pianista, amiga. Ella es una mujer que representa todo lo que es bueno en este mundo. Me inspira a ser mejor persona.

Lo que sorprende más es que tenemos antecedentes muy diferentes. Ella – Estoniana/Alemana, hija única de refugiados de guerra – padres cariñosos, atentos y considerados. Yo de antepasados Malayos/Irlandeses y con padres narcisistas, adictos a diferentes sustancias, caóticos que a duras penas podían cuidarse de sí mismos, sin hablar de sus nueve hijos, resultado de un total de seis matrimonios entre ellos.

Rhea me convenció de que yo podía ser digno de ser querido a pesar de una convicción profunda de que no lo era. Es mi heroína – la fuerza tranquila, modesta pero imparable en nuestra relación. A veces pienso que somos un poco como la Bella y la Bestia. Naturalmente yo soy la Bestia.

No quiero dar la impresión de que Rhea y yo vivamos en una nube de color rosa, de paz y felicidad eternas. Sí, disfrutamos de mucha paz y felicidad pero el hecho es que sí, discutamos – menos hoy en día, pero sí. Yo le irrito a ella y ella me irrita a mí a veces. La mayor parte del tiempo, la causa de esta irritación corresponde a mi parte dañada que tiene miedo y me pongo a la defensiva. Mis reacciones pueden seguir siendo exageradas sobre todo cuando el miedo nacido del caos de mi niñez puede seguir levantando su cabeza fea. Sin embargo, ahora reconozco esta sensación como a un viejo amigo, no exactamente bienvenido, con quien puedo “tomar un café”, pasar un poco de tiempo y con curiosidad abierta, escuchar para descubrir lo que mi amigo quiere contarme.

No pretendo ser experto en lo que sí, funciona y lo que no, ni conocer el secreto de relaciones felices, pero me gustaría compartir lo que sé:

Primero, quiero transmitir que las bases de nuestra relación son sanas; los dos somos capaces de dar y recibir el amor y lo que es también muy importante… los dos estamos dispuestos a hacer lo que toca hacer y mejorar lo que se necesita mejorar.

Ser feliz en vez de tener razón: En la mayoría de las discusiones sabemos que es más importante ser feliz que tener razón. Cada vez con más frecuencia elijo ser feliz por encima de tener razón. Mi piloto automático mental quiere siempre tener razón, incluso cuando se trata de tonterías. Esta compulsión de tener razón siempre es seductora pero acaba siendo muy dañino. He aprendido a soltarlo.

Ser agradecidos: Cuando me encuentro irritado con Rhea (y muchas veces cuando ella se encuentra irritada conmigo), sé que la causa generalmente soy yo. Hago una lista mental de todas sus otras características por las que me siento agradecido; dentro de poco siento amor en vez de irritación. Cada noche doy gracias por la vida que tenemos juntos.

Aprender a soltar: Practicar la meditación y la resiliencia me ha facilitado mayor capacidad para ser consciencia de mí mismo, es decir, conocerme a mí mismo mejor y tener mayor ecuanimidad. Con el tiempo he aprendido a soltar las cosas antes. Una discusión o mal humor que antes podía durar tres semanas, hoy en día raramente dura más de tres minutos.

Aprender a escuchar: Las mujeres y hombres tienen estilos de comunicación fundamentalmente diferentes. Intento entenderle antes de hacer que me entienda e intento escucharle sin tener otro objetivo que entender.

Perdonar: He aprendido a perdonar. Todos cometemos errores. Es la condición humana. Deberíamos extender el perdón a otros por sus defectos en la misma medida que nos gustaría que otros perdonen los nuestros.

Cuidar de mí mismo: Me doy cuenta de que si no cuido de mí mismo, no puedo cuidar de otros ni estar presente para ellos. Cuidar de mí mismo significa “mantener mi sierra afilada” con prácticas tales como la meditación, el agradecimiento, el perdón, compasión hacia mí mismo y hacia otros.

Cada día de mi vida siento agradecimiento por haber salido de unos comienzos tan oscuros y nada prometedores y encontrar tanto amor, felicidad y propósito en mi vida – más de lo que hubiera soñado o esperado. Vivo en la realidad del milagro de estar vivo y a la vez con la realidad de la impermanencia.

 

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